jueves, 17 de noviembre de 2011

EN EL HOTEL ALGONQUIN DE NUEVA YORK



«Entre 1907 y 1946, Frank Case, que amaba a los escritores, los acogió en su hotel concediendo y prorrogando créditos a quienes le agradaban. La iniciativa de "la Mesa Redonda del Algonquin" se debe a él. Desde 1920, y durante veinte años, unas treinta personas se reunieron a comer en la Pergola Room (convertida en la Oak Room) y después en la Rose Room, para intercambiar opiniones y convicciones literarias. Los miembros fundadores, todos ellos críticos, periodistas y editores, influyeron en el estilo de la literatura americana contemporánea: Aleck Woollcott, Heywood Bron, Frankn Asams, John Pter Tooley, Robert Benchley, George Kaufmann, Marc Connely, Robert Sherwood, Harold Ross y Dorothy Parker.







Pronto establecieron lazos con el mundo del cine, con la presencia, entre otros, de Preston Sturges, muerto en el hotel en 1959, de Herman Mankiewicz o de Harpo Marx. Todos tenían en común fuertes personalidades (humor, acidez, malignidad, fobias, hipocondría, frustraciones), y se mostraban especialmente tolerantes con este conjunto de patologías. Cabría hablar de una terapia de grupo oficiosa. Edmund Wilson, alcoholizado entre dos hospitalizaciones por depresión, reinaba en un sillón del vestíbulo, pidiendo un martini doble, y manteniendo, a pesar de todo, brillantes y muy coherentes conversaciones hasta el momento en que notaba que era hora de irse. Harold Ross, el legendario editor del The New Yorker, reconoció haber creado virtualmente la revista en el hotel, y por eso en cada habitación hay un ejemplar. 


El “Gonk” es una institución. Una institución que albergó durante mucho tiempo a un huésped convertido a su vez en verdadera institución: un gato llamado Hamlet, que recorría día y noche el hotel, durmiendo preferentemente en los almacenes del quiosco. Se convirtió en protagonista de un libro de Val Schaffner: El gato algonquino

Nathalie de Saint Phalle, Hoteles literarios


Cuando voy a Nueva York, menos veces de las que desearía, me hospedo en el hotel Algonquin (59 West, 44th Street). Me gustan los «hoteles literarios». Frente a los hoteles «con encanto», yo prefiero los hoteles con historia, en los que el paso del tiempo, y de personajes relevantes de la literatura y el pensamiento, el cine y el espectáculo, han dejado huella. No creo materialmente en los fantasmas, ni les temo. Pero adoro las historias de fantasmas y los espacios fantasmagóricos. Reconozco que he sentido la presencia de algunos de esos espectros durante mis estancias en algunos hoteles (cafés y bares) del mundo.



La última vez que estuve en el hotel Algonquin (año 2005), aprecié algo de deterioro en sus instalaciones y las habitaciones algo pequeñas (tuvieron que enseñarme varias antes de decidirme por una: ¡no podía pagarme una suite!). Representa un gran placer desayunar todas las mañanas en el mítico Oak Room, leer los periódicos en el vestíbulo. Tomarse un cocktail en el bar del hotel, antes de asistir a un buen musical (los teatros de Broadway y el Radio City Music Hall están a dos pasos del Algonquin). Oler el perfume del barniz que despiden sus maderas nobles.



Como se ha mencionado, Harpo Marx frecuentó mucho el Algonquin. Pero esa es historia para otro día…



Continuará...

4 comentarios:

  1. No me extraña que te traiga buenos recuerdos ese hotel. Eso sí que es Historia y de la buena. Historia Literaria, diría yo. La impresión que tiene que dar en alojarse en un sitio así donde tanta celebridad estuvo debe de dejar a uno alucinado. Y, luego, ya acostado, terminar el día con una buena lectura. Entonces, el círculo estaría completo. Saludos, Fernando.

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    1. Pues, en efecto, Paco, hospedarse en estos hoteles con historias literarias supone toda una experiencia. De hecho, creo que sólo por una estancia en estos espacios merece uno hacer un viaje. Y si además hablamos de Nueva York, para qué te voy a contar...

      Saludos y buenos viajes

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  2. Yo estuve viendo el interior del hotel, no me hospedé ahí, el mio estaba bastante cercano a Times Square, pero el fetichismo hizo que al pasar por ahí no me pudiese aguantar sin entrar a tirar, como buen guiri, un par de fotos, y es que cuantas habas se habrán cocido en el Algonquín, D. Fernando.

    Saludos con retraso
    Roy

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    1. La verdad, amigo Roy, es que lo mejor del Algonquin son los salones de la planta baja. Lo que parece que tú visitaste. Las habitaciones y el resto de instalaciones están pidiendo a gritos una reforma. O lo estaban cuando me hospedé la última vez, año 2005. ¡Dios mío, cuánto tiempo hace! He de volver pronto al Algoquin.

      Ahora bien, desayunar o almorzar en el Oak Room y tomarse una copa en el bar (yo allí pido, claro, un cóctel "Manhattan")es casi inexcusable si uno va a Nueva York.

      Saludos y buenos viajes

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